Ascensión del Señor del Señor
Hermanas y hermanos, es interesante destacar en la primera lectura de hoy que Lucas resume la enseñanza de Cristo Resucitado, en sus apariciones a los discípulos, como una predicación sobre el Reino de Dios. Recordamos bien que el inicio de su ministerio público fue un anuncio similar: “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio” (Marcos 1,150).
Resurrección del Señor se da como un nuevo comienzo. El proyecto de Jesucristo no ha cambiado. Ni siquiera la muerte lo ha cambiado. Torturarlo, abandonarlo, crucificarlo, llevarlo a la muerte y depositarlo en el sepulcro… nada de ello fue capaz de romper la obediencia de amor de Cristo hacia su Padre. Una vez levantado de entre los muertos, no tiene un nuevo proyecto sino el mismo de siempre: que el nombre de Dios Sea glorificado, que su voluntad sea escuchada y obedecida; en resumen: ¡que venga el Reino de Dios, que Dios reine!
Jesús les anuncia no una nueva predicación, que ya les ha predicado bastante, sino un nuevo amor. Eso será la efusión del Espíritu Santo, cuya fiesta está próxima en nuestra liturgia: será un nuevo amor. Con un nuevo corazón palpitando en nuestro pecho habrá también nuevas razones, las razones de Dios, que podrán entrar a nuestra mente.
Después de anunciarles el “nuevo amor,” es decir, el don del Espíritu, le vieron subir a los cielos. No se trata, por supuesto, de un cambio geográfico en la residencia del Resucitado. Mucho más que eso, la ascensión es como una parábola, como una enseñanza más con la que el Maestro de Galilea quiere inculcar a los suyos el camino que va hacia la gloria. Se puede decir, y no es abuso, que esta aparición en que se vio al Resucitado ascender a los cielos, vino a ser como una catequesis preciosa. Veamos qué podemos aprender de ella.
Cristo en sus apariciones les había mostrado las llagas de la Cruz. No se las quitó cuando subió al cielo. Es nuestra humanidad misma, con su carga de aflicciones y dolores, la que asciende con Jesús y se confunde con la gloria celestial. Los ángeles reprochan blandamente a los apóstoles: “¿qué hacen allí parados mirando al cielo?” Estas palabras, que son como el despertar después de lo que parecería un sueño, indican dos cosas: primero, que es tiempo de ir a lo nuestro, es decir, a nuestras tareas y a seguir el camino, porque ya sabemos que ese camino no acaba en absurdo y muerte, sino en la paz y la gloria. Segundo, tales palabras insinúan que el misterio de la gloria de Cristo no está completo aún: “volverá como lo y bendecida fiesta de La Ascensión del Señor
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