Semana XXI del tiempo ordinario
Hermanas y hermanos, las lecturas de hoy, particularmente la primera y el evangelio, miran a las llaves, esos pequeños pero indispensables instrumentos que abren o cierran el paso. En tiempos bíblicos eran siempre de metal; hoy podríamos llamar llaves a las contraseñas que nos permiten acceder a un correo electrónico, o las tarjetas de crédito que usamos en los cajeros automáticos.
Hay una idea que se repite en nuestras lecturas de este domingo: “lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá” dice el profeta Isaías refiriéndose al nuevo mayordomo del palacio real; Jesús por su parte le dice a Pedro: “todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.” Por eso la Iglesia Católica habla de un “ministerio petrino,” es decir, un encargo particular que Pedro ha recibido de Cristo y que en últimas constituye la esencia del ministerio que realiza el Papa, como sucesor de Pedro. Como se puede suponer, numerosas controversias han surgido entre los estudiosos de la Biblia sobre cómo se debe interpretar lo que el Señor dijo a Pedro.
San Agustín escribe: “La Iglesia ha recibido las llaves del Reino de los cielos, a fin de que se realice en ella la remisión de los pecados por la sangre de Cristo y la acción del Espíritu Santo. En esta Iglesia es donde revive el alma, que estaba muerta por los pecados, a fin de vivir con Cristo, cuya gracia nos ha salvado” (San Agustín, serm. 214, 11). San Juan Crisóstomo llega a más cuando afirma: “Los sacerdotes han recibido un poder que Dios no ha dado ni a los ángeles, ni a los arcángeles… Dios sanciona allá arriba todo lo que los sacerdotes hagan aquí abajo” (San Juan Crisóstomo, sac. 3, 5).
Parece indudable entonces que debemos admirar y agradecer lo que Dios ha concedido a Pedro, y con la confirmación de Pedro, lo que ha concedido a sus sacerdotes. El Apóstol es el depositario de las llaves de un tesoro inestimable: el tesoro de la redención. Tesoro que trasciende ampliamente la dimensión temporal. Es el tesoro de la vida divina, de la vida eterna. Después de la resurrección, fue confiado definitivamente a Pedro y a los Apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23). Quien posee las llaves tiene la facultad y la responsabilidad de cerrar y abrir. Jesús habilita a Pedro y a los Apóstoles para que dispensen la gracia de la remisión de los pecados y abran definitivamente las puertas del reino de los cielos.
Dios todo poderoso les bendiga est
