Father Ornoldo Cherrez

Domingo 4 de Octubre del 2026

Semana XXVII del tiempo ordinario

Hermanas y hermanos, tanto en la primera lectura como en el evangelio de hoy son claras las palabras de desengaño. Hay una tristeza en la exclamación del profeta: “¿Qué más pude hacer por mi viña, que yo no lo hiciera? ¿Por qué cuando yo esperaba que diera uvas buenas, las dio agrias?” La tristeza se vuelve denuncia en el evangelio que oímos hoy: “Cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?” Sin embargo, hay que ir más allá de la tristeza o la ira contenida. Lo esencial es la distancia entre el proyecto de Dios, que es llamado hacia la fecundidad, y el escaso y amargo fruto de la perversión humana, que termina conduciendo a la amargura y a la muerte. Nuestro Dios quiere la fecundidad y la vida, y podemos expresarnos diciendo que se duele ante la esterilidad y la muerte con que hemos ensombrecido su obra, que somos nosotros mismos.

El anuncio del nuevo plan está ya en las duras palabras de Cristo a sus adversarios: “les digo a ustedes que les será quitado el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos.” Hay en este lenguaje un regaño, por supuesto, pero la causa está tan clara que cualquiera puede evitarlo. Todo consiste en preguntarse qué estoy haciendo con lo que Dios ha sembrado en mí, o sea, cómo estoy cultivando mi viña. Los papás pueden preguntarse cómo cultivan la viña de su hogar. Los pueblos pueden examinarse sobre el legado de fe y cultura que han recibido: ¿estamos dejando las cosas igual o mejor que como las recibimos? El mundo entero, en fin, puede y debe preguntar sobre el cuidado de la creación, por dar otro ejemplo: estamos acabando este planeta como si fuéramos la última generación que tiene derecho a disfrutarlo.

Por otra parte, el lenguaje de Cristo es una invitación a cambiar nuestra manera de apreciar las cosas. De modo que hay una relación entre la desobediencia que arruina el destino de la viña y el deseo secreto de hacer nuestra esa viña, excluyendo a su Dueño. Dicho de otra manera: expulsar a Dios y arruinar la creación son una y la misma cosa. Por otra parte, adueñarse de su obra y condenarnos a un destino de tinieblas son también una y la misma cosa. La solución por supuesto es cambiar de mentalidad. Viene aquí muy a punto la exhortación de Pablo: “aprecien todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca elogio. Pongan por obra cuanto han aprendido y recibido de mí, todo lo que yo he dicho y me han visto hacer; y así, el Dios de la paz estará con ustedes.”

Que Tengan, una feliz y bendecida semana
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